Nordfjorden desde las alturas (parte 1)

Ya podíamos sentir el final de la temporada. Ya podíamos recordar el sabor de las marineras al sol y de la fritanga española.

Quedaban pocos días de nieve y eso, en cierto modo, me daba morriña, a pesar de ese recuerdo de lentejas y caldo con pelotas. Podría haber estado un par de meses más viendo la nieve caer y haber aprendido mejor a esquiar. Podría haberse recuperado mi muñeca y seguir con mis super clases magistrales de snowboard. Pero, o bien por el cambio climático o bien porque así sucede algunos años, la realidad era que la nieve se estaba derritiendo así que solo me quedaba esperar a que llegara la primavera con sus infinitos colores.

El final de temporada significaba también la desaparición de un equipo de trabajo, así que era hora de organizar algo para despedirnos de la estación de ski.

Y de repente ahí estábamos nosotros, en medio de un autobús rodeados de gente noruega. Con dos cervezas y dos sidras en la mochila y algo de ropa de abrigo.

Hasta ese día no me había sentido tan integrada en un grupo. Fue como si de repente todas las personas que conocía de vista y de trabajo hubiesen abandonado su rol de trabajadores noruegos y fuesen ellos mismos.

La última parada de todas fue en Loen, estábamos invitados a subir en teleférico hasta el restaurante que está en lo alto de la montaña, comernos una hamburguesaca con pataticas y bebernos una botella de vino, todo esto en compañía noruega claro, éramos los únicos extranjeros de la aventura.

Cenamos viendo Loen y Olden desde las alturas, viendo como atardecía lentamente, teníamos la suerte de que ese día las nubes no cubrían la montaña y se podía ver todo.

La aventura real aun no había empezado, fue al terminar de cenar cuando todos nos cambiamos de ropa, poniéndonos capas y capas de abrigos, luces en la frente y cascos.

¿Cascos?

Sí, cascos, el plan para esa tarde era bajar en trineo lo que habíamos subido en teleférico. Y aquí todos os imagináis (como yo lo hice en su día) un trineo ultramoderno con su volante y su freno, una carretera de nieve con sus vallas de seguridad y poca inclinación… Y ¿cuál fue mi sorpresa al salir del restaurante? ¡Que los trineos eran de los de toda la vida! De madera, sin volante, sin frenos y que además, la carretera de nieve, no tenía ni vallas, ni luz ni ¡NADA!

Pasé unos minutos de angustia porque además un señor del grupo quiso meterme el miedo en el cuerpo, y yo que soy demasiado inocente lo creí. Al menos Miguel y yo íbamos juntos en el mismo trineo, así que cogimos carrerilla y pa’ bajo que nos lanzamos.

Primera parada.


No os perdáis la

·Parte 2·

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