Nordfjorden desde las alturas (parte 2)

Comenzamos la bajada, eso era fácil, solo tenías que dejar que la gravedad hiciera su trabajo, y con dos personas con su panza llena de hamburguesas y bocadillos de pollo al curry era fácil.

Cogimos mucha velocidad, no podíamos frenar y no sabíamos muy bien como girar aun, pero todo estaba bien. Estaba bien hasta que miré a la izquierda y solo pude ver las lucecitas de las casas de Loen y pensé que iba a morir, por suerte la carretera se fue volviendo llana en ese tramo y pudimos frenar con la suela de los zapatos.

Todos estaban allí, parados, y en ese momento entendí por qué todos llevaban grandes mochilas. De repente empezaron a sacar termos inmensos llenos de café, botellas, vasos, cucharas y hasta un par de botes de nata montada. La primera parada no era más que un descanso para entrar en calor con café caliente (adulterado) con nata por encima. Yo en lugar de descansar, bebí un par de tragos del café mágico y comencé a hacer fotos. Mi trípode era mi trineo.

A partir de ese momento no pude soltar la cámara, y aunque parezca que está de día la realidad es que no se veía un carajo. Pero eso no hizo que dejase de ser mágico. Podíamos ver entre las nubes millones de estrellas.

Seguimos bajando, cada vez que teníamos que girar me moría de miedo, pero de ese miedo que te hace reír y que libera mogollón de adrenalina por todo tu cuerpo.

La segunda parada fue más larga, esta vez nos sentamos todos en círculo sobre nuestros trineos, volvieron a repartir ese café mágico y comenzaron a rotar varias botellas de alcohol, era como tener una hoguera encendida dentro del cuerpo.
Comenzaron las historias, alguien se levantaba y se ponía en el centro del corro contando batallitas, a veces en noruego, a veces en inglés (por cortesía, vuelvo a decir que éramos los únicos extranjeros) y todo fue muy mágico.

No quería que se acabara el día, quedaba el último tramo y me lo estaba pasando tan bien que me hubiese gustado que la montaña tuviera otros 1000 metros más.

En el tramo final acabamos todos por los suelos, suerte que un autobús nos esperaba abajo para la vuelta a “casa”.

Pero ahí no acabó la noche. Lo cierto es que la fiesta siguió en el pueblo. Y acabó de una forma muy española, con guitarra en mano y cantando mientras sujetábamos una cerveza.

Esta ha sido sin duda, una de las mejores experiencias que he tenido, no solo por hacer algo nuevo sino por poder compartirlo rodeada de personas que nos acogieron y nos hicieron sentir uno más del grupo.

Los noruegos tienen fama de ser fríos y poco sociables pero la verdad es que una vez que se rompe esa primera barrera estarán ahí para siempre.

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